Seguridad Víal es tarea de todos los ayacuchanos

Publicado en por SEGURIDAD VIAL DRTC-A

Para evitar accidentes, eliminar los riesgos


LA seguridad vial se sustenta en un trípode cuyas patas son la infraestructura, el vehículo y el conductor. Quienes en nuestro país se preocupan de esta importantísima cuestión (ONG, medios de comunicación, instituciones públicas, etc) suelen poner el acento en los conductores y luego en el estado de los vehículos, soslayando la importancia de la infraestructura vial.

De este modo, las acciones tendientes a aumentar la seguridad y a disminuir las altísimas tasas de accidentes fatales de nuestro país se concentran en campañas de educación vial, de gran utilidad, pero que no pueden, por sí solas, corregir el problema, que no mejorará mucho mientras el país no transforme su infraestructura vial, diseñada hace varias decádas, que no puede soportar el caudal de tránsito ni la velocidad de los vehículos diseñados en el siglo XXI.

En los países desarrollados, todo lo que podía hacerse en materia de infraestructura ya fue hecho y se siguen volcando recursos para ampliarla y mejorarla, y la calidad del parque automotor es excelente, por eso, es lógico que las acciones de prevención se concentren en el conductor: por ejemplo, en prevenir el alcoholismo. Acá tenemos una enorme tarea para eliminar los factores objetivos de riesgo, transformando la estructura física de las carreteras, por ejemplo, en autopistas, de manera tal que los accidentes mortales más frecuentes, como el choque frontal, el choque transversal, los cruces ferroviarios y las curvas peligrosas, sean físicamente imposibles.

Las autopistas dividen físicamente ambas calzadas, con lo que los choques frontales –los más graves y frecuentes en las rutas convencionales, como la panamerica sur y norte– se vuelve físicamente imposible. En la Argentina, el choque frontal es responsable del 66% de los casos fatales.

Es mucho lo que podemos hacer para reducir la siniestralidad con la modificación de la estructura vial, logrando que los accidentes más comunes sean "físicamente imposibles", aun cuando el conductor pueda tener un instante de distracción. Se me ocurre el siguiente paralelo con la electricidad. Todos sabemos que esta energía es un elemento muy peligroso, capaz de electrocutarnos en un instante. Vivimos rodeados de una maraña de cables eléctricos potencialmente mortíferos. Sin embargo, a pesar de su difusión universal, los accidentes son excepcionales. ¿Por qué? Porque las instalaciones eléctricas están físicamente protegidas y aisladas de las personas. ¿Qué ocurriría si los cables pelados estuvieran a la vista y con carteles de advertencia del tipo "Peligro. No tocar"? Muchas personas se electrocutarían por simple descuido. ¿Diríamos que falta "educación eléctrica" y redoblaríamos la colocación de carteles? No; lo lógico es contar con instalaciones seguras a prueba de distracciones humanas.

Con la seguridad vial sucede lo mismo. Podemos realizar las más amplias campañas de educación vial, invertir recursos en señalización y extremar las precauciones. Pero los resultados serán de escasa significación en comparación con los que lograríamos construyendo carreteras adecuadas, que tornaran físicamente imposibles los accidentes más graves.

Cuando un producto es nuevo, los pioneros asumen grandes riesgos, no existe experiencia anterior que lo convalide. Por eso, cuando Estados Unidos, en 1956, tomó la decisión de construir la Red Interestadual de Autopistas era difícil prever sus consecuencias. Hoy, con las estadísticas en la mano, el gobierno de Estados Unidos demuestra que fue la inversión más rentable de su historia. Costó un 50% más que el viaje a la Luna. Pero este costo formidable se compensó con el ahorro de vidas humanas. En cuarenta años evitó 185.000 muertes y 12 millones de heridos y discapacitados. Así se demostró que el cambio estructural de la carretera produce una reducción extraordinaria de los siniestros. Siete de cada ocho muertes se evitaron como consecuencia de la obra. En 1956, antes de construir la red, la tasa de mortalidad era de 6,28 muertos cada 100 millones de vehículos/milla recorridos. Hoy, es de 0,75 muertos, para la misma distancia.

El equipamiento del territorio, con la construcción de una infraestructura vial moderna y segura, requiere una política de Estado a ejecutarse en un lapso de diez años a quince años.

Nuestro país está enfermo de cortoplacismo. Queremos resultados inmediatos. Se descarta el esfuerzo sostenido y persistente en el largo plazo. sólo cabe progresar cuando se piensa en grande; sólo es posible avanzar cuando se mira lejos.

En 1985, China tenía 100.000 autos. el Perú  800.000 ochco veces más. China tomó una decisión histórica pensando en grande y mirando lejos: construir la red de autopistas siguiendo el modelo de Estados Unidos. Hoy la red está concluida. Son 25.000 kilómetros, la segunda red del mundo, que duplica la de Alemania.

Nuestro país consideró faraónico construir las autopistas y hoy tiene altos costos de fletes y una trágica siniestralidad. Faraónicas eran las pirámides porque se hacían para enterrar a los muertos, mientras que las autopistas se hacen para salvar a los vivos. Dos mundos, dos visiones estratégicas dispares. Nosotros nos agitamos sin avanzar, como en la cinta del gimnasio. Transpiramos, pero siempre estamos en el mismo lugar. Tenemos el mismo ingreso per cápita todos los años pues el creciemiento no se siente, mientras que China hoy asombra al mundo con su crecimiento y sus exportaciones. Si no tuviera la red de autopistas, no podría transportar la prodigiosa cantidad de mercaderías que produce y que importa para abastecerse. Supieron pensar en grande y mirar lejos.

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